El mercadillo más impagable de Barcelona

Fuente:  Naiara Lemos

Fuente: Naiara Lemos

Papá:

Cámaras fotográficas, tejidos, estatuas. Discos de vinilo, CDs, zapatos, cubiertos. Juguetes de los años 90, enciclopedias de los años 60, camas de los años 20. Monedas. Árboles navideños de plástico mezclándose con flores de verdad. Sillones acomodan tapices, que apoyan luminarias, que ostentan cristales. Al lado, unas sillas de ruedas. Sí, ayer fue día de subasta en uno de los mercados más antiguos de Europa. Lo presencié con mis propios ojos. Lotes de lápices, tintas, pinceles y cuadros se disputaban la atención con multitudes de enchufes, grifos y cables. Centenares de destornilladores saludaban a millares de tornillos. Els Encants Vells son un engranaje de tiempos y espacios. Quien más hace pujas aquí son los objetos, en una búsqueda incesante hacia la reinvención de su propia trayectoria así como de su utilidad.

Situado entre la Torre Agbar y el Teatro Nacional de Cataluña, el espacio de 15.000 m² cuenta con casi 300 puestos de comercio. Hay de todo bajo este techo de espejos: antigüedades, lanzamientos, artesanía, productos de segunda mano, comida recién hecha y mucha historia. Lo que uno ve hoy al salir de la estación Glòries (metro L1), o Encants (metro L2), es la junción de una forma secular de comercio (los Encants) con una nueva versión de la tradicional Fira de Bellcaire.

No se sabe exactamente cómo y cuándo ésta empezó. Hay quien dice que su nombre viene de una familia de mercaderes y prestamistas judíos llamada Bellcaire. Y hay quien cree que su origen tal vez esté en Francia, donde los habitantes de Beaucaire (pueblo cerca de Nimes) organizarían una feria similar. Lo cierto es que se hizo popular entre los barceloneses de 1808 a 1814, en La Rambla.

No obstante, mucho antes de eso, ya existían unos encants aquí en Barcelona. Son una herencia del siglo XIII, cuando se solía subastar los bienes de los difuntos para pagar el entierro, las misas y las deudas. Vender ropas y objetos de personas muertas, por cierto, no conmovía mucho a los vecinos, principalmente en épocas de epidemia. Dicho sea de paso, los encantistas ya han vendido de todo, incluso los muebles de Pau Claris y su hermano, en 1661. Fueron así bautizados porque la mercancía era anunciada a gritos, de manera cantada, o sea “en canto”. Hábito que perdura hasta hoy en las subastas dels Encants Vells, típica de los lunes, miércoles y viernes por la mañana.

A su vez, la subasta habría nacido en la época de los romanos, cuando los legionarios montaban el puesto para vender lo que habían conquistado en sus saqueos. Clavaban la lanza en el suelo con una bandera arriba del todo. Debajo, estaban los objetos que querían negociar. Los dejaban ahí, bajo el asta (sub hasta), para que los posibles compradores lo vieran.

Actualmente, els Encants Vells reciben cerca de 100.000 personas por semana. Tras sobrevivir a tres incendios y cuatro inundaciones, así como cambiar varias veces de ubicación, el mercadillo finalmente se mudó a un edificio exclusivo, inaugurado en septiembre de 2013, con ascensores, aseos y probadores. Creo que el diseño refleja, sobre todo y a la vez, el romanticismo y el caos que avanzan por entre sus pasillos, paradas y plantas. El juego visual, casi caleidoscópico, que ofrece su techo es tan peculiar que suele convertir la experiencia en algo impagable.

Un beso.

¡En un par de semanas, nos vemos!

Nai.

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