Desde Oporto con autenticidad

Querido tío:

El tranvía viejo, Oporto. Fuente: Marialenia Savvaidi

El tranvía viejo, Oporto. Fuente: Marialenia Savvaidi

 Acabo de visitar Portugal. Entre Lisboa y Oporto, la segunda ciudad ganó la visita de cinco  viajeros de cuatro países diferentes. Compartiendo nuestra curiosidad por viajar unimos los  temperamentos de México, España, Sicilia y Grecia con las ganas de conocer un pequeño  trozo de Portugal.

 ¡Bienvenidos a Oporto! Después de Lisboa, es la ciudad más grande de Portugal y está  ubicada en las orillas del estuario del río Duero (Douro), al norte. Desde el primer  momento en que llega el viajero, se nota que es uno de los centros más antiguos de Europa,  y claro, se unió a la lista de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1996.

 Empezamos el recorrido y el centro está lleno de casas. Casas antiguas y coloridas.  Casas abandonadas pero aún bonitas y gloriosas. Llega la tarde y caminamos por casi todo  el centro. La gente está fuera, hay bastante movimiento en esta ciudad iluminada con luces bajas, entre el color amarillo y naranja de los faroles. Es un movimiento extraño, con un estilo lento, relajado y alegre. En las ventanas raídas buscamos luces para encontrar  cualquier signo de presencia humana. Nada. Se quedan ahí en alto cerradas, oscuras y  cuando bajamos la mirada observamos puertas selladas por ladrillos. Por otro lado, en las  esquinas se encuentra gente tumbada en la acera, pidiendo dinero o comida. Hay muchas  esquinas con vagabundos y muchas casas vacías. Todos pensamos: ¿por qué? Las  autoridades han excluído la posibilidad de que los sin techo entren y ocupen las casas. Así que innumerables pisos esperan la restauración que los últimos años el municipio de Oporto ha encargado. No sé si es más triste la imagen actual o la del futuro. Será con estas casas reformadas para reflejar su gloria y tener vida de nuevo con los sin techo que no pueden pasar del umbral de la puerta. El abandono es lo que destaca en esta ciudad, lo que extraña y preocupa.

Una tarde con fado. Fuente: Marialenia Savvaidi

Una tarde con fado. Fuente: Marialenia Savvaidi

Mi curiosidad por saber cómo sería el interior de estos edificios se cumplió una noche, cuando un ritmo de canciones brasileñas nos llamó a subir a la primera planta. Entrando en una sala de estar con dos columnas en el medio conforté una escena casi salida de una película. Unas cuantas parejas estaban dando vueltas bajo una oscuridad que recordaba la época del romanticismo. El sitio reflejaba la gloria del siglo XII y la gente llevaba un aire que mezclaba lo moderno con lo clásico. Por supuesto en una ciudad tan artística no faltaron las visitas a las galerías y el fado en una bitácora con gente apasionada de esta tradición, tan auténtica que no puedes creer que esta costumbre siga tan pura después de tantos años.

Edité todos estos pensamientos cuando subimos al mirador de la Sierra de Pilar. Vimos toda la ciudad, las dos partes que el río Duero corta por la mitad. El puente es magnífico, con el tramo que pasa y lleva a los pasajeros de un lado al otro. El monasterio se queda tras nosotros. Cuanto más nos quedamos en este punto admirando la vista, mejores colores nos regala el cielo. Unas veces creo que Oporto nos agradecía el hecho de haberla elegido en vez de a la más famosa Lisboa. En cada parte hay una vista panorámica desde diferentes perspectivas.

Puesta de sol en el océano Atlántico, Oporto. Fuente: Marialenia Savvaidi

Puesta de sol en el océano Atlántico, Oporto. Fuente: Marialenia Savvaidi

Escuchamos sobre los jardines del Palacio de Cristal en la parte alta de Oporto, un espacio lleno con imágenes de otoño y el Museo Romántico, que es la casa grande de una familia burguesa, mantenida tal como era. A través de sus iluminadas ventanas tuvimos la oportunidad de disfrutar de unas vistas privilegiadas de la desembocadura del río Duero en el océano Atlántico.

Era la primera vez que veía el océano Atlántico. Las enormas olas, la puesta del sol con colores del paraíso, la atmósfera con las gaviotas y la tranquilidad del paisaje me recordó que más allá el mundo sigue…

Te quiero mucho,

Marialenia

 

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