‘Mary and Max’ (2009), de Adam Elliot

Querido Cualquiera:

Te escribo a ti, a él, a ella. A cualquier persona que pueda recibir una carta y tenga ganas de leer, de comunicar, de pensar, incluso de sentir que tiene algo en común con este remitente. Para que entiendas de lo que estoy hablando, no tienes nada más que ver la película de animación Mary and Max, de Adam Elliot. Producción australiana hecha a base de stop motion y muñecos de plastilina, se dirige más a adultos que a niños, mientras es un drama solapado con secuencias de tomas falsas, metido en una melancolía de puro realismo. No parece una película de viajes, pero en realidad habla del viaje más grande: la vida.

Mary Daisy Dinkle es una chica australiana aplastantemente solitaria de ocho años con un padre ausente y una madre autoritaria a quien le gusta fumar, jugar al cricket y beber sherry. Mary es una personalidad curiosa por todo lo que ve alrededor, con muchas dudas, desde por qué su madre “coge prestados” productos del supermercado poniéndolos debajo de su vestido hasta si en todos los lugares los bebés salen de una lata o se encuentran en cañas de cerveza. Hojeando un listín de teléfonos en el correo tiene una idea: elegir un nombre aleatorio y enviarle una carta para preguntar cómo se nacen ahí los niños. Le toca a Max Jerry Horovitz, un estadounidense de 44 años con el síndrome de Asperger, un tipo de autismo que provoca dificultades de comprensión y de habilidad de comunicación. Pasa sus días recogiendo basuras y asistiendo a grupos de apoyo de comedores compulsivos anónimos. Mary, con una marca de nacimiento en su rostro que se parece a una caca, sufre terribles abusos en el hogar y en la escuela.

Dos personas, cada una a un lado del planeta, que a primera vista parece que no tienen nada en común. Sin embargo, Los Noblets (sus dibujos animados preferidos), el chocolate y sus problemas de autoestima son cosas que ya comparten y toman parte de su vida diaria. Así empieza una amistad por correspondencia transcontinental que ambos necesitan desesperadamente. Emerge un intercambio de dos rumbos de vida emocional y de dos existencias infelices.

Mary y Max enseñan lados que cada uno de nosotros tenemos, incluso si no queremos admitirlo. Todos compartimos los mismos sentimientos: el miedo, el amor, el dolor, la decepción, el odio y muchos más. ¡Comunicamos! Porque ésta es la necesidad y la natura del humano. Al mismo tiempo hacemos cosas distintas, pero en el fondo iguales. Estoy escribiendo sobre esta película y me estoy emocionando, mientras no sé cuántas personas están viendo en este momento Max y Mary. Compartimos momentos que nos pertenecen a todos. En estos momentos hay mucha soledad… y es la que tenemos que compartir más.

 

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