Los colores de Burano

 

Papá:

Déjame presentarte un islote muy especial: Burano, primo lejano de Venecia. Los 7 km de laguna que les separan demarcan la distancia geográfica, cultural, económica y cromática que hay entre ellos. En Burano, colores vivos y brillantes se repiten por las calles, ahora contrastando, ahora armonizando con tonos pasteles. Líneas sinuosas paralelas se reflejan en el canal. Mientras Venecia parece más un cuadro impresionista, las fachadas de Burano son casi pop art. Casi.

En las casas que podrían haber salido de un póster parpadeante de Warhol o de una décollage de Rotella, viven señoras que bordan almohadas, niños que juegan en los patios y hombres que nunca han estado más allá del mar Adriático. Flores descansan en las ventanas y ropas pasean por los tendederos de la isla, que abriga cerca de 8.000 habitantes.

Burano tiene una plaza, una estatua, una iglesia, un museo y muchas tiendas de souvenirs. La plaza lleva el mismo nombre de la estatua: Baldassare Galuppi, un célebre compositor buranello del siglo XVIII. A su vez, la Iglesia de San Martín Obispo ganó notoriedad por el campanario inclinado, una víctima de la vulnerabilidad del suelo veneciano.

Justo frente a ella está el Museo del Encaje, ubicado en la antigua Escuela de Encaje, donde se puede encontrar colecciones que datan desde el siglo XVI hasta los días actuales. Que pese a la disminución de la producción y del número de señoras que continúan dedicándose a esta actividad, no todo está perdido. Diariamente, a excepción de los lunes, Emma Vidal, 98 años, la encajera de más edad de la isla, y sus compañeras suelen mostrar a los visitantes del museo la minuciosidad y la habilidad de sus manos en pleno trabajo. Lo hacen por placer y  para que no se pierda la magia de la que fue una de las principales fuentes de ingresos de la región y un secreto transmitido de madre a hija.

Otro secreto de Burano, mejor guardado que las técnicas de encaje, es el origen de sus casas coloridas. Son varias las versiones. Hay quien dice que la tradición proviene de la Edad Media, cuando las casas contaminadas durante las epidemias de peste eran desinfectadas con cal viva y las casas sanas eran pintadas con los colores del arco iris. Hay quien asegura que la costumbre nació porque una misma fachada a veces cubría dos casas distintas y para esclarecer qué parte pertenecía a quién, las familias empezaron a pintar la pared exterior con diferentes tonos. Y hay también quien asocia el colorido de las calles al blanco de la niebla que envuelve Burano en el invierno y que habría inspirado a los pescadores a pintar sus casas a fin de poder identificarlas mejor desde el mar.

Sea como sea, el color tiene la capacidad de crear o hasta reinventar la identidad de un lugar. No en vano, el Ayuntamiento de Venecia dejó, durante décadas, la paleta de Burano bajo la responsabilidad de Remigio Barbaro, un escultor local que definía con cuáles tonos era permitido pintar una vivienda y con cuáles no lo era, según criterios de armonía y contraste. Desde 2005, año en que Barbaro murió, la elección de los colores se ha mantenido más libre. No obstante, el Reglamento Municipal afirma que en caso de que uno quiera reformar su casa o cambiar el color de su fachada, debe hacerlo de acuerdo con la gama de colores tradicionales de la región.

Tan pronto atardece en Burano y yo me despido desde el vaporetto. Por el camino, un viento frío nos hace embalar a mí y a las gaviotas en el Gran Canal. Avisto a los leones alados que pairan en la Piazza San Marco. Una puesta de sol pincela de acuarela las farolas rojas frente al Palazzo Ducal. Me doy cuenta de lo que ahora me parecía ridículamente obvio: por aquí, lo profano está más cerca del cielo y lo sagrado más cerca del suelo. Los laberintos de calles, canales y colores piden que el viajero se deje llevar por la ciudad en vez de intentar decidir su itinerario por ella, que construya mapas mentales afectivos, que invente sus propias postales. ¡Venecia es inmensa, papá!  Más en profundidad e intensidad que en largura y anchura.

Un beso,

Nai.

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