‘Medianeras’ (2011), de Gustavo Taretto

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Hermana:

Te escribo para hablar de mis primeras impresiones sobre Buenos Aires. No es que yo esté en Buenos Aires. No es que uno precise estar en una ciudad para tener primeras impresiones sobre ella. Acabo de llegar de la Buenos Aires que me hizo recorrer Gustavo Taretto, en Medianeras. El cine nos ha dado, entre otros poderes mágicos, esta posibilidad de adentrarnos en una sala oscura, viajar muy lejos y dos horas después volver. No sé si sanos, pero salvos.

El cine y la ciudad, cualquier ciudad, desde que así se crea y aja como tal, tienen mucho que ver en su esencia. En su esencia y en sus accesorios. El acto de ir al cine, por ejemplo, es descaradamente urbano. El horario previamente concertado, las butacas debidamente enfiladas (a veces numeradas), las imágenes ampliadas para desbordar a los ojos, los sonidos ampliados para desbrozar los oídos. Todo milimétricamente calculado para caber allí y hacer que docenas de personas se olviden juntas de dónde están o qué identidad tienen. Industriales son sus equipamientos de grabación, sus locales de exhibición, su contenido editado, su favoritismo en los momentos de ocio.

No en vano, el cine se popularizó entre los siglos XIX y XX, cuando las sociedades y las ciudades se inclinaban artísticamente y tecnológicamente hacia el espectáculo  y la fragmentariedad. Medianeras refleja las consecuencias que la modernidad garabateó, la forma cómo Buenos Aires se estructura y busca amor en la era virtual. Refuerza lo que Georg Simmel, décadas antes, intentó avisarnos: la metrópolis es un estado de espíritu, se establece como un paisaje arquitectónico, urbano y social. La ciudad se parece a sus habitantes y los habitantes se parecen a su ciudad.

La película, que se estrenó en 2011 y ganó nueve premios, es una coproducción española, alemana y argentina. Fue inspirada en un cortometraje homónimo que Gustavo Taretto había hecho siete años antes y le rindió otros 40 premios internacionales.

Buenos Aires me parece irremediable e irresistible. Exige un ejercicio constante de sensibilidad. Insinúa que un lugar a veces se define mejor en espacios vacíos que en los llenos, en medianeras más que en fachadas, en silencios más que en idiomas, en los créditos finales más que en el título.

¡Un beso, hermana!
Estoy ahí y te tengo aquí.

 

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